Resulta difícil mantenerse al margen de la campaña electoral. Mirarla desde una cierta equidistancia y de reojo puede, incluso, llegar a ser saludable, y se puede llegar a interpretar como un inmenso circo mediático donde unos sacan las tripas a los otros para más tarde devorarse entre ellos, para así volatilizar el espectáculo a modo de catársis pública.

De todo este circo que observo con meridiana perspicacia, existe algo que me deleita y es el cartelismo. La representación del político, como un ser mutante que invade las paredes de la ciudad. Aquel que se ofrece para “ayudarnos” se transmuta en un ser benévolo, complaciente y dado a resolver hasta el menor de nuestros problemas durante quince días, que la vida del político es muy dura y tras la campaña toca engordar, saciar el estómago tras el desgaste físico que supone tantos mítines y el consiguiente desgaste en la memoria del mesías-político que opta por descomponer el cuerpo de Dr.Jekyll que se había enfundado, para volver a ser el Mr.Hyde que guardó durante un tiempo en el armario.

Si he largado toda esta parrafada, es por que me apetecía recordar la obra de uno de mis cartelistas políticos favoritos, Josep Renau. El verdadero alquimista del mensaje enmarcado, cuando estos mensajes eran más que la cara sonriente del político a votar y representaban toda una historia, narrada en una sola imagen en la que se desnudaba al enemigo, se le hacían evidentes las vergüenzas y las mentiras y animaban al votante a ser inteligente, a ir más allá de la imagen sonriente y de las bondadosas mentiras del candidato. Claro, que hoy es difícil colgar en las paredes de la ciudad, imágenes como estas y pretender que el votante se detenga ante ellas, que las interprete y le hagan ver la verdad oculta. Hoy el pueblo ha sido abducido por Mr.Hyde y permanece encerrado en aquella caverna que tan bien describió Platón en La República.