Luis Buñuel comenzó a gestar el germen de “El Ángel Exterminador” 29 años antes. Mientras rodaba “Las Hurdes. Tierra sin pan” observó como los habitantes de aquel desolado paraje, continuaban vinculados a la tierra que les veía nacer, mal vivir y en el peor de los casos morir prematuramente. Buñuel se cuestionó por qué los hurdanos se obstinaban a vivir en aquellas condiciones, y no decidían marchar del lugar en busca de una vida mejor.

La idea del ser humano secuestrado por sí mismo, en una cárcel sin paredes ni vigilantes que impidieran cualquier tipo de huida, fascinó a Buñuel y aplicó la esencia del secuestro voluntario en aquel Ángel Exterminador, que volaba invisible sobre las cabezas de los burgueses, hacinados entre las decadentes paredes de puertas abiertas, que pese a todo impedían la voluntad de salir del auto proclamado zulo.

Sería difícil escoger entre toda la filmografía de Buñuel, una película como favorita, y a la vez resultaría estúpido hacerlo, pero me arriesgaría a ver en “El Ángel Exterminador”, la película más impactante de su etapa mexicana. No sólo por su planteamiento y excepcional puesta en escena, si no por la esencia misma que destila la obra, la cual podríamos aplicar hoy, por extensión a la nueva sociedad burguesa. Los nuevos burgueses, hijos del consumo y consumidores por extensión, que pueblan (Poblamos) el primer mundo y que ven como desfila la vida, sin poder ser protagonistas de ella, dejándose llevar por un destino no siempre justo, que decide por un individuo que se cree libre, por el mero hecho de tener las puertas abiertas de par en par, sin saber, que tras ellas está el Ángel Exterminador, dispuesto a reprimir el paso a quien piense revelarse ante la hipnosis subyacente a la que se ve sujeto y le impide ir más allá de una vida monótona y rutinaria.

Apéndice: Estoy pasando por un momento Buñuel, y sin lugar a dudas esto se está notando en las últimas entradas.