Me apasionan las obsesiones de Buñuel. Sus fijaciones vienen a ser un hilo conductor en el conjunto de su obra, convirtiendo las parafilias del autor en un elemento de referencia característica en su legado cinematográfico. Su obsesión por los pies, la dominación, los zapatos o las piernas de sus actrices. No resulta relevante, afirmar que Buñuel era un fetichista y de ello dio fe en el curso de su obra. Y si tuviese que escoger entre una de las parafilias de Buñuel, me quedaría con su obsesión por los maniquíes, que tan bien supo tratar durante su época mexicana en “Ensayo de un crimen”, donde a través de Archibaldo de la Cruz, Buñuel se recreó tanto como pudo con los maniquíes femeninos que aparecen a lo largo del metraje.

Archibaldo desmembra, construye y ama mediante este fetiche de forma humana. La obsesión del personaje cobra cuerpo de plástico y el director se -nos- recrea con primeros planos de su fetiche preferido.

He estado buscando información al respecto, y he conseguido encontrar nombre a esta bendita parafilia, se trata de agalmatofilia o pigmalionismo, que viene a ser algo así como la atracción por las estatuas o maniquíes desnudos, y no es en absoluto ninguna propiedad de Buñuel el hecho de crear con arte con estos personajes inertes, el fotógrafo Bernard Faucon compone buena parte de su obra con maniquíes que aportan una dimensión estremecedora a sus imágenes e incluso el mismo Helmut Newton, o Man Ray llegaron a sustituir en alguna ocasión a sus modelos femeninas por la versión plastificada de la humanidad que tanto llega a apasionar a quienes no nos resistimos a retirar la mirada de los escaparates durante los últimos días de rebajas, cuando ya no queda ropa en la tienda, ni tan solo para cubrir a los maniquíes.