Me supone un hartazgo monumental haber de comenzar la crítica de una película de Quentin Tarantino, recordando la archi-sobada historia del chaval que se crió en un videoclub, mientras soñaba que algún día podría ser director de cine. Si hago este esfuerzo, es por que encuentro necesario revisar una vez más esta anécdota en la biografía del director, para así poder entender mejor el punto de inflexión que supone Death Proof en la carrera del, hoy, consumadoautor, que cual Spielberg convierte en oro todo el celuloide que toca, y que tras rememorar su pasado y ver un presente en el que goza de casi la misma libertad creativa de Kubrick,resulta entristecedor comprobar que haga un uso ombliguista de ella y sededique a derrochar el talento en caprichos, tan solo dignos para ser dirigidos por algunos de sus seguidores, pero no por el creador de la escuela.

Tarantino se ha hecho a si mismo, su estilo narrativo, concepto del ritmo, montaje e interpretación de la violencia visual, han marcado a toda una generación de cineastas y de ávidos cinéfagos. Esto le loa y es digno de reverencia y genuflexión ante cada recodo de su obra. Lo sabemos sus seguidores e incluso quienes rehúsan de su renovadora puesta en escena, pero él también a de ser consciente del lugar que a ocupado en tan poco tiempo dentro del Olimpo del cine y con ello corre el riesgo de caer en ejercicios autocomplacientes y de la vacua mirada onanista que es Death Prof, donde la peculiar amalgama de géneros, tan propia de la marca Tarantino, me ha resultado por primera vez en algo que creía inconcebible hace tan solo unos pocos años: aburrida. Y es que las dos horas de metraje me produjeron unos sonoros bostezos sin precedentes ante la contemplación de un trabajo de semejante calibre.

Para comprender y asimilar Death Proof en el conjunto de la filmografía tarantiana, hemos de ver en ella una broma, un divertimento más de los que el director nos tiene acostumbrados, haciéndola más cercana a Four Rooms que a Pulp Fiction. El problema de la pesadez final de la obra y con ello la posible mala interpretación que se pueda hacer de ella, reside en el interesado montaje final para la distribución europea, donde se ha prescindido del concepto broma-homenaje con el que surgió la idea, y donde tenía que haber sido proyectada junto con la (También adulterada en la versión europea) Planet Zombie de Robert Rodríguez.

Death Proof está sobredimensionada en todos sus aspectos. Inflada como un globo que presenta serias grietas en su estructura, temiendo que pueda explotar en cualquier momento. Toda la película podía haber sido resumida en una sola hora, pero finalmente, nos hemos encontrado con dos horas de metraje para así poder justificar el precio de la entrada y con el objetivo de poder llegar a trancas y barrancas a la media hora final, momento en el que todo se dispara y consigue despertar al espectador que creía haber caído en un sueño profundo. Hasta la llegada de ese momento, nos vamos encontrando con personajes desdibujados, inacabados y fuera de guión o del corpus narrativo de la obra. Así pues, no conseguimos entender el por qué del asesino en serie interpretado por un más que convincente Kurt Russell, algo que desearíamos y que se nos presenta como un quiero y no puedo para un personaje que desearíamos más complejo, para así dotar de mayor profundidad a la trama. Mención aparte suponen la de otros personajes, en especial los interpretados por el sheriff y su ayudante (fruto del auto-homenaje ombliguista al que nos tiene acostumbrados el director, ya que les pudimos ver en Kill Bill y Abierto hasta el amanecer) que investigan el caso de los primeros asesinatos. Personajes tan inacabados que parecen una mera anécdota introducida a golpes dentro de la película.

Tarantino vuelve a dar cancha a sus actrices en su nueva película, y a diferencia del grueso de obras de serie B o Z, no sólo propina al espectador el muslamen necesario en toda muestra de género que se precie, ni tampoco se conforma en hacerlas servir de carne de cañón para así conseguir la trempera necesaria en el espectador más retorcido, sino que en este caso están dotadas de una sólida personalidad individual, aunque desgraciadamente, cae en la vacuidad al dotarlas de insípidos diálogos agotadores (Nunca pensé que podría decir esto de una película de Tarantino) que son escritos quizás con el único objetivo de desnudar la estupidez de la juventud USA y por extensión del sobre-desarrollado mundo occidental, donde la base de de toda vivencia es el hedonismo compulsivo de la persona. Motivo que no sería en absoluto criticable, de no ser que una vez más está exagerado a reventar, lo que invita al espectador a hacer unas cabezaditas a mitad de los diálogos, al igual que a buen seguro lo hizo el montador que permitió que se colase tanto metraje sin echar mano a la tijera.

Si en algo merece la pena reverenciar Death Proof es (Como ya dije anteriormente) en los últimos 30 minutos de metraje, donde el narcótico se convierte en adrenalina y permite salir del cine al espectador con una sonrisa de oreja a oreja, y donde se nos aclara el por qué de tanta espera, ya que nos encontramos ante un canto de amor al mundo de los especialistas, y un escupitajo a la cara al cine moderno donde la infografía a suplido en mayor medida el trabajo de estos profesionales. Así pues, Tarantino saca de la sombra y con ello del anonimato a una soberbia Zoe Bell, convirtiéndola en una suerte de Tura Satana del nuevo milenio, con una demostración espectacular de carisma y preparación física, haciendo que la persecución de coches con ella sobre el capó del Dodge Challenger, haga salir el corazón por la boca hasta al espectador más preparado, lo que le permite erigirse como la nueva heroína (Si no tiempo al tiempo) del cine de acción contemporáneo.

Definitivamente, si vemos en Death Proof la broma descacharrante que comentaba al principio del artículo, podemos sentir simpatía por la película, aunque necesariamente la intentaremos apartar del resto de obras que han otorgado prestigio a su director, pero desearía que esto se convirtiera en una mera anécdota, destinada a diluirse en el conjunto de la obra, aunque empiezo a ponerlo en seria duda, al conocer las pretensiones de Tarantino de llevar adelante nuevas entregas de Kill Bill, ante lo que temo un serio enquistamiento en una reluciente obra que correría el riesgo de convertir la expresión tarantinismo en un torpe peyorativo al que auguro el burdo nombre de tarantinada.