Barbarella es una de las mayores eclosiones pop de la historia del cine. No sólo en todo lo referente a la cultura pop (ular) sino en el seno de su mismo criterio estético, donde se abarca todo un collage de singular modernidad y un desparpajo visual festivalero y colorista. En Barbarella, todo vale para ensalzar lo que a día de hoy consideraríamos como kitsch, excesivo o barroco, de manera que tan solo funciona en un espacio (Entiéndase bajo el concepto de espacio-extensión, no espacio-sideral. Aunque para el caso también tendría sus puntos de intersección) y tiempo determinado: El 68 francés y las ínfulas de un director mediocre como Roger Vadim, superado y a la vez inspirado por el momento en el que le tocó dirigir la película, con una espectacular Jane Fonda, más próxima a la Bardot (Auténtica Barbarella, al menos en el subconsciente de muchos y del mismo Vadim) que al resto de trabajos interpretados por la hija de Henry en los EEUU.

Es Barbarella un ejercicio de estilo involuntario, un videoclip envuelto en celofán donde todo funciona a la perfección y donde a la vez todo vale, ya que por alguna inspiración divina todo acaba de encajar en su metraje, así que no nos resultará extraño el vestuario de los personajes, ataviados como habitantes del Imperio Romano, dándole una clara estética filogay al conjunto final de la obra, o las voluptuosoas curbas de Jane Fonda, consiguiendo que Barbarella rebose erotismo por todos los rincones de la pantalla, erotismo pop, pero erotismo al fin y al cabo. Desde los espectaculares títulos de crédito con los que se abre la cinta (si no los han visto nunca, haganlo ahora o se perderán no sólo uno de los mejores créditos de Maurice Binder, sino también uno de los mejores stripteases jamás rodados) o el desfile de cuerpos con que se le obsequia al espectador en la mejor sucesión de escenas hedonistas que jamás haya creado la mano del hombre.

Barbarella también es una obra vacua, pero merece serlo ya que prescindir de un conciso fondo argumental le permite regocijarse en placeres banales, coloristas propuestas visuales y neutros trasfondos argumentales que consiguen dotar al conjunto de la obra de una realidad perpendicular, de una distancia artificial que se infla conforme avanza el metraje, hasta explosionar en un desbordante castillo de fuegos que nos invita a recapacitar sobre la era pop, llegando a considerar que nunca la cultura pop(ular) ha sido tan chillona, tan estridente y tan maravillosamente bella.


Es ahora, y debido a la sequía imaginativa de Hollywood, cuando pretenden remakearla y ponerla de nuevo en circulación en los cines de todo el mundo de la mano de un director de talento intermitente como es Robert Rodríguez, ante lo que vaticino como un descalabro de dimensiones descomunales ya que como dije al principio, Barbarella es hija y deudora a la vez de un tiempo conciso e imposible de repetir, por lo que respetar los parámetros estéticos de la obra de Vadim, sumiría a la nueva versión en un vergonzoso ridículo y por otro lado, acercarla a la estética del siglo XXI le haría perder toda la esencia y originalidad de la obra seminal, ya que Barbarella es pura estética, bella a rabiar pero estética al fin y al cabo.