Uno de los terrores más primitivos del ser humano consiste en ser enterrado en vida, y quizás sea este uno de los temores más universalizados ya que en todas las culturas se encuentran referencias a esta terrible muerte, algunas, para evitarse el mal trago de una posible equivocación en la que el muerto aún respirase y fuese víctima de un ataque de catalepsia, optaban por colgar los cuerpos en árboles y así se aseguraban el tiro. Por el contrario, en algunas zonas de la India se practicaba -Especialmente durante la Edad Media- una tradición llamada Sati, que consistía en quemar a la viuda del muerto en una pira funeraria o bien (que es lo que nos toca) ser enterrada viva junto con el cadáver del marido. Esta tradición fue prohibida por los ingleses durante la colonización y hoy se practica de forma casi anecdótica, ya que está sumamente perseguida por las leyes indias.

Despertar en el interior de un ataúd, a varios metros bajo tierra con la certeza de que la muerte es inminente y segura tras duros momentos de una lucha perdida antes de empezar y donde se recrearán los horrores ocultos en la imaginería de la persona como la falta de oxígeno, la oscuridad o ser devorado por insignificantes insectos incluso antes de haber fallecido produce una angustia tremenda que en ningún momento ha sido infravalorada ni mucho menos olvidada por la literatura o el cine.

Algunos pioneros de la Novela Gótica se recrearon en el trance que puede suponer para cualquier persona el hecho de ser enterrado vivo. Cuentan que Edgar Allan Poe, el horror a ser enterrado en vida, suponía una se sus mayores preocupaciones, de manera que recopilaba todo tipo de información sobre el tema que más tarde se vería plasmada en trabajos como “El entierro prematuro”, “El caso del Sr.Valdemar” o "La caída de la Casa Usher". El miedo de Poe por morir de esta manera no se trataba de un temor banal, ya que durante el siglo XIX eran muchos los casos de personas a las que se les asignaba de manera precipitada un nicho, despertando más tarde sin posibilidad a demostrar que aún les quedaba tiempo por vivir; de hecho en muchas de las exhumaciones realizadas a cadáveres de aquella época, se mostraron claras pistas de que el muerto abrió los ojos cuando se encontraba bajo tierra, de manera que se tomó por costumbre rematar el cosido de la mortaja con una última puntada de la aguja en la nariz del presunto muerto para así constatar la muerte. En algunos casos, la Iglesia decidía santificar a un determinado difunto, pero se encontraban con la sorpresa de que tras la exhumación del cadáver, el rostro de muerte del personaje no presentaba una apariencia cómoda y plácida, sino que en el rigor mortis aparecía la expresión de quien se observa a sí mismo bajo tierra y empieza a arañar el ataúd como estéril manera de poder escapar de él, en estos casos se desestimaba la santificación del personaje, ya que se podía intuir que el muerto habría blasfemado antes de agonizar definitivamente.

La recreación de literaria o audiovisual del enterramiento en vida, casi siempre ha recaído en manos del relato breve, el cortometraje o episodios televisivos debido a la dificultad que supone alargar una trama en la que tan solo aparecerá en la practica totalidad del tiempo un solo personaje en un único espacio de reducidas dimensiones, algo que funciona a la perfección como historia corta, pero que podría llegar a aburrir en el caso de que se extendiera el metraje y se corriera el peligro de perder la tensión original. En 1968, Narciso Ibáñez Serrador, dirigió el episodio titulado “La promesa”, para la mítica serie “Historias para no dormir”, donde un hombre vive aterrorizado por ser enterrado en vida, ya que padece ataques de catalepsia


Los guionistas de televisión norteamericana no dudaron en ningún momento en sacarle partido al horror que podía producir en el espectador el miedo a ser enterrado vivo, de manera que numerosas series norteamericanas han acudido al entierro en vida como recurso argumental, ofreciendo algunos trabajos realmente aterradores, siendo recomendables algunos de los capítulos de “Alfred Hichcock Presenta”, por ejemplo el emblemático capítulo de la serie titulado “Colapso”, donde el protagonista vive durante todo el episodio el miedo ser enterrado vivo, tras sufrir un accidente que le mantiene paralizado todo su cuerpo a excepción de un dedo de la mano. Justo en el último momento, una lágrima impedirá que el enterrador acabe la faena. En la misma serie, también tuvo lugar la emisión del capítulo titulado “Final Scape” (Vean la pantallita de YouTube, que he enlazado) donde se recreaba de manera sobresaliente la angustia producida en el protagonista, tras saber que las paredes que le rodean son las de un ataúd.

Remontándonos a tiempos más cercanos, podríamos recordar como Quentin Tarantino ha utilizado este recurso en dos de sus trabajos. Dentro del campo de la televisión, en los dos episodios que dirigió para la serie CSI titulados “Peligro sepulcral” el eje central era el entierro en vida de Nick Strokes, con una rigurosa cuenta atrás para los compañeros policías que debían averiguar donde estaba ubicado el féretro antes de que agotase el oxígeno, para ello, Tarantino no duda en recurrir a todo el abanico de posibles miedos a cual más claustrofóbico, no sólo la ya anunciada falta de oxígeno, si no el ataque de insectos y la posibilidad de acelerar el proceso volándose la tapa de los sesos, consiguiendo de esta manera momentos propios de las peores pesadillas, pero que lamentablemente el conjunto de los dos capítulos no estaban a la altura de aquello que se podía esperar del director de Pulp Fiction. Por el contrario, donde si supo sacarle tajada al recurso fílmico, fue en el segundo volumen de Kill Bill, donde vemos a La Novia, despertarse entre la cuatro paredes del ataúd tras ser atacada por un sorprendente Michael Madsen consiguiendo durante esta larga escena, uno de los mejores momentos no sólo de Kill Bill, si no del grueso de toda la obra tarantiniana.

Banda sonora recomendada para la lectura de este post: Enterrado Vivo de Eskorbuto.