He necesitado doce años para volver a ver “Asesinos natos”. La vi por primera vez durante la semana de su estreno, con la mirada virginal que proporciona la ausencia de interferencias por parte de críticos o amigos que con la intención de calentar las conversaciones, destrozan el argumento y suprimen la valoración objetiva de la obra.

Cuando acabaron los títulos de crédito, salí del cine sabiendo que había visto la mejor película de los 90, que Oliver Stone había creado su particular “Naranja Mecánica” para una nueva generación. Pero todo esto quedó diluido cuando a los pocos meses llegó a las pantallas “Pulp Fiction” y el nombre de Quentin Tarantino eclipsó a cualquier otro director contemporáneo y de alguna manera dinamitó la gramática de la violencia en el mundo del cine. Dos películas de semejante categoría compartiendo cartelera provocaban la decantación del público, separándolo de entre quienes preferían la obra de Stone o la de Tarantino. Una elección estúpida pero que agradaba a más de una publicación de limitadas ideas.

Si bien “Pulp Fiction” utilizaba la violencia como línea argumental, “Asesinos natos” era pura violencia grabada en celuloide, salvaje, sin concesiones e hiperbólica. Llevando a otras antecesoras suyas como “Los asesinos de la luna de miel”, “Profundo Carmesí” o la más significativa “Bonnie & Clyde” a límites insoslayables y situándose en un lugar paralelo pero distante a la vez de la obra de Tarantino, mientras que artificiosamente, había quien intentaba yuxtaponerlas al haber nacido ambas de la mano del director de “Reservoir Dogs” lo cual avivó si cabe aún más la polémica al despreciar Tarantino lo que Stone había hecho con su guión original.

Stone en varias ocasiones ha sido vapuleado injustamente por una de sus mayores virtudes, el montaje y el tratamiento de la imagen, tildándolo de creador de videoclips o de fuegos artificiales sin contenido, en una obra de excesos como “Asesinos natos” esta virtud alcanza cotas máximas, no hay formato que no utilice, ralentiza y acelera la imagen a conveniencia del guión, aportando un ritmo vertiginoso. En una ocasión alguien habló de ese ritmo como si el celuloide estuviese impregnado de cocaína, mientras que –Siguiendo con las estúpidas comparaciones- el de “Pulp Fiction” estaba impregnado de heroína.

Tras ver “Asesinos natos” con aquella mirada limpia que había perdido por medio de tanta vacua polémica, la he vuelto a entender como “La naranja mecánica” de los 90 y me he dejado llevar por sus excesos y por sus defectos –Que también los hay- y gracias a ellos la obra consigue una aspereza envidiable y por el trato que imprime Stone en la violencia, llevándola a límites insospechables para así satirizarla, haciendo ver las repercusiones y el uso que se le da en una sociedad aburrida, desde la creación del asesino chiq (Charles Manson...) para elevarlo a los altares de la iconografía de consumo rápido o el espectáculo que genera la muerte violenta, seguida con morbo y expectación por el pueblo, victima a la vez no sólo de los asesinos que crea, sino de la repercusión mediática que adquieren; Así pues, Stone consigue que el espectador sonría cuando Mallorie Knox dispara a ciclistas con su recortada o cuando ejecuta a su familia, lo vemos como un reality, como una distorsión de la realidad que nos permite ahondar en ella, ya no somos complacientes con el prójimo y deseamos que la violencia repercuta en él para que la sangre salpique en la pantalla. He vuelto a comprobar la grandeza de su montaje y la gran actriz que era Juliette Lewis (Los 90 fueron suyos) También he vuelto a coincidir tantos años más tarde en que Woody Harrelson no estaba a la altura de su personaje y que en vez de parodiar lo que representaba, en ocasiones llegaba a ridiculizarlo, pero por el contrario allí estaban unos perfectos secundarios como Tommy Lee Jones en una de sus mejores creaciones, insuperable con aquel bigotillo y el cabello grasiento o Tom Sicemore en el que quizás era el personaje más tarantiniano de la obra.

Mención aparte, merece la amalgama que supone su banda sonora, deudora del espíritu fusionador de la obra, uniendo entre secuencias a las L7 con Leonard Cohen o Bob Dylan, convirtiéndoles en los engranajes perfectos para una de las películas comerciales más salvajes que ha parido nunca el cine norteamerico.

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