Soy consciente de que los misterios de la publicidad son inescrutables. La finalidad de los publicistas es algo que se nos escapa al resto de mortales. Podemos considerar absurdo o idiotizante un anuncio pero por el contrario, este mismo puede acarrear grandes beneficios a la compañía que contrata los servicios del ingenioso creador. A pesar de ello, en ocasiones se muestran vulnerables, quizás por el desconocimiento del medio al que se enfrentan o bien por que los hechos no acontecen como pretendían. Al menos eso mismo he pensado cuando tras un indomable arrebato de hambre canica, he salvado el programa en el que estaba trabajando y he bajado las escaleras para llegar a la máquina de vending con la intención de aliviar los gritos de mi estómago. He comenzado el escrutinio de productos envasados a los que podía acceder por menos de un euro, y ha sido entonces, cuando entre las gafas de chocolate y los zumos Don Simón de maracuyá y otras frutas que en mi vida he visto, se me han aparecido los Quicos Don Blandito con (Oh... Dios mío) la imagen de Superman.
Hasta aquí todo podría ser lo más normal del mundo: a una determinada marca se le permite utilizar los derechos de imagen de una película, para así incrementar las ventas y publicitar el film, pero visto como ha funcionado el “Superman Returns” de Bryan Synger, se me antoja como un tronchante chiste, llamar Don Blandito a un producto que viene abalado, por lo menos mediáticamente, por la imagen del Hombre de Acero, y que tras el fiasco de Synger, quizás sea mejor que nos acostumbremos a recordarlo como Super Blandito o con cualquier adjetivo despectivo, ya que le costará mucho volver a remontar el vuelo.
Por cierto, los quicos no estaban nada mal, aunque acabaron empachándome, y esto quizás sea otro paralelismo más con “Superman Returns”.



Desde luego resulta curioso. No he visto el "Superman" de Synger pero sí que me resultaría chocante de igual modo encontrarme con un paquete de quicos tan llamativo.
Curioso y tronchante paralelismo. Con la comparación sale ganando el bodrio. Sentía ganas de llorar cuando veía como asesinaban un clásico.