En tiempos ancestrales, antes del nacimiento del Homo Metrosexualis, los hombres acudían a las barberías a cortarse el pelo, rebajarse la barba o arreglarse los frondosos bigotes. Acostumbraban a ser locales serios, inundados por olor de Floyd, donde cada uno esperaba su turno para verse ridiculizado frente al espejo cuando el barbero cubría al cliente de cuello para abajo con un estúpido mantel blanco que para más recochineo era ceñido al cuello.
Mi barbero, que era yonki, subía la persiana aleatoriamente. Cuando tenía el mono se dedicaba a buscar caballo y los clientes esperaban en la puerta con la certeza de que pronto llegaría aunque esto nunca sucedía. Los días que había suerte y mi barbero había conseguido algún gramo las puertas de su establecimiento se abrían con puntualidad británica, pero sentarte frente a un barbero al que le corre el jaco por las venas es sumamente arriesgado. El tembleque de las manos podía acarrear algún accidente fatídico, una oreja podía llegar a rodar por el suelo o podía morir desangrado tras seccionarme alguna arteria importante.
Para evitar males mayores, mis padres decidieron que aquello no podía continuar de la misma manera y se optó por cambiar de barbero, mi nuevo fígaro era bajito y calvo, condiciones creo que indispensables para los barberos de la época. Este por el contrario no se metía caballo pero era tremendamente pesado por lo que intentaba aislarme de cualquier manera posible, así que no tardé en descubrir la colección de revistas que se amontonaban sobre una pequeña mesa junto a la fila de hombres decididos a poner fin a tanta hebra. Allí estaba la panacea de cualquier preadolescente, montañas de pornografía casposa, revistas atodocolor descolorido, donde las meretrices de turno mostraban su lado más íntimo sin ningún tipo de rubor. Senos perturbadores y pubis tremendamente poblados por lianas tarzanescas, revistas de la época del destape como la veterana Lib, Ratos de Cama, Clímax, Ébano o cómics de trazo descuidado y espíritu pulp como Crimen, Sukia, Horror, Odeón o Hembras Peligrosas, donde el sexo se conjugaba perfectamente con el terror y la violencia. En mi barbería existía un silencio sepulcral, todos leíamos mientras escuchábamos el repiqueteo de las tijeras y algún chascarrillo inoportuno del barbero calvo.
Hoy las barberías no existen, fueron absorbidas por una legión de infames filo-modernos que las convirtieron en peluquerías donde el bolsillo acostumbra a salir resentido, mientras que la música suena por todas partes y los peluqueros son o se hacen pasar por homosexuales para tener más caché.
Pero lo peor de todo es que en las peluquerías se ha perdido el hábito de la lectura.



En las peluquerías se cotillea y se comparten las preocupaciones con el peluquero. Es como un psicólogo, pero sólo le pagas por el pelado y no por la terapia.
De todas formas, yo paso cada mañana por una barbería de las de toda la vida, está en Cádiz, en calle Nueva. Por si un días pasas por allí.
Pues en mi pueblo también hay una barbería de las de toda la vida.
Pero claro, allí no se lee pulp: se echan quinielas...
como decía el conde lautremont: "detengámonos un momento, como cuando se contempla la vagina de una mujer,..."
pocas cosas dejan tan absorto a un hombre.
Una hermosa historia Sr Ruso. Aun sin haber ido a una barberia me ha embargado de nostalgia. Me ha hecho recordar un barbero 2 calles más allá,(también pequeñito y calvo, que se parece a un actor que se llama Bob Balaban). Espero que aun exista. Igual un día entro: ya va siendo hora de desvirgar mi cara con la cuchilla de asesino de peli Giallo.
Sr. Ruso, me ha encantado ese post suyo sobre las barberías, snif, snif....
Mi barbero era gordite, bajito, con un bigotito muy español y era calvo (se intentaba disimular la calva dejandose unas melenas de un lado y luego peinarlas para el otro lado).
A mi barbero entre corte y corte se iba al bar a tomar un quinto de cerveza o una copita de anís del mono y aunque de su aliento salía una bocanada de alcohol, era evidente tenía una destreza con las tijeras y la navaja que riete tu de "eduardo manos tijeras".
A un me acuerdo del LIB de Emmanuelle o el interviu de Lola Flores, Barbará Rey, ...
Fotos no retocadas con Photoshop y donde se les podía distinguir sus celulitis y sus años a esas mujeres jamonas...
Un saludo,
Sapporo
Una preguntilla... el barbero yonki no sería uno que estaba al lado del Bar Florida?
Por cierto.... FREEEEEEMMMMAAANNNNN
Hombre, aun quedan esos peazo Penthouses con sus desplegables... Creo, porque yo hace unos cinco años que me afeito el tarro.
Hace aproximadamente unos ... ¿diez años? que me paso la "moto" y listo. Los recuerdos de la peluquería de mi barrio son un poco infernales. Un tipo con un tatuaje que usaba las tijeras con la mano derecha, donde exhibía en el dedo meñique una uña larguísima que sólo dios sabe para qué le serviría, diciendo constantemente levanta la cabeza, mira pa bajo, o gritando a todo meter " Oye Pepe, ven pa que veas el remolino que tiene éste aquí", mientras un picor insoportable se adueñaba de mi excelso cogote ya bastante dolorido a causa de aguantar en la posición en que me colocaba el maniaco. Si alguna vez me movía sin su consentimiento, un exabrupto precedía al nervioso comentario de siempre: "niño que te he dicho que mires pa ´rriba". Cuando por fin ponía el espejo para que me viese por detrás, me daba igual lo que hubiese hecho, lo único que quería era salir por patas.
Güevón,
Lo que cuentas es terrorífico!!! Con una uña larga en el meñique... Dios mío, ¿como has podido sobrevivir a todo aquello?
hace tiempoque he renunciado a ser metrosexual