Es evidente, que una vez abandona el ring, el luchador recupera su identidad secreta. O por el contrario, baja del cuadrilátero siendo el personaje que creó para la lucha. La ficción consigue apoderarse de la realidad fagocitando al hombre gris, que nunca fue más que un personaje incógnito, lastrado al anonimato, que paradójicamente, solo la máscara que ocultaba su rostro consiguió darle la ansiada importancia.

Es entonces cuando el luchador se siente perseguido por el alter-ego, que en una remota ocasión decidió crear, y que anuló al hombre para crear al mito.

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