El primer DVD que me compré, me costó 25 euros. Se trataba de una edición paupérrima de “Cabeza Borradora”. Sabía que era injusto pagar tal cantidad de dinero por una película, que además de estar mal presentada, no ofrecía ningún tipo de extras. A pesar de ello, pudo más la ilusión que el bolsillo y solté a desgana el dinero que marcaba la etiqueta.
El último DVD que he comprado, me ha costado 1 euro, se trata de “Grizzy Man”, el documental que dirigió Werner Herzog, hace un par de años. La película, venía acompañada por el diario El País, por el cual tuve que abonar la también módica cantidad de 1 euro.
Entre ambas compras, han transcurrido seis años, tiempo durante el cual no hemos cesado de quejarnos por la carestía de la vivienda, de la gasolina y de todo aquello que tenemos que reponer en la nevera y los armarios de la cocina, pero, a pesar de ello y aunque pueda parecer paradójico, el DVD que compré hace una semana, me costó 24 euros menos que el primero, teniendo este último, incluso muchos más extras. Todo esto, me lleva a una sensata reflexión, no solo sobre el futuro de los deuvedés, sino del cine en general. Es sabido por todos, que la abismal diferencia de precio entre los dos artículos, es producida por las descargas de archivos a través de Internet, algo que ha hecho cambiar el mercado de manos. Ya no son las distribuidoras y multinacionales quienes nos tienen cogidos de los cojones, pidiéndonos precios prohibitivos por objetos que en el fondo valen una ínfima parte del valor solicitado, hoy es el consumidor quien aprieta de los huevos a la multinacional, que ve como se le escapan unos suntuosos dividendos por entre los cables del teléfono y lo peor aún es que no ha conseguido la manera de poder cerrar el grifo por el que se le escapa la riqueza.
Quizás pueda considerárseme un rara avis entre la multitud de internautas que claman por la gratuidad de todo tipo de bien cultural, ya sean películas, discos o lo que sea. Pienso que siempre ha de haber quien se beneficie de su trabajo y si bien, el intercambio de canciones por Internet, puede ser canalizado (En el momento en que las discográficas acaben por claudicar) como un trampolín de promoción para conseguir asistentes a los conciertos, el cine se lleva la peor parte, así que quizás haya optado por vender barato para así evitar la descarga gratuita. Este, quizás solo sea un nuevo método para conseguir acaparar las migajas de lo que antes era un suntuoso pastel. Pero lo cierto es que acaba beneficiando al consumidor mientras que ellos tampoco se han marchado de sus lujosas mansiones y si no fuesen tan cortos de vista, podrían encontrar hábiles soluciones, dando nueva forma a los cines y reconociendo también que el mercado de las multisalas a siete euros la sesión, ha tocado techo en el momento en que el consumidor medio, a duras penas puede llegar a pagar la hipoteca. Así que una buena solución sería aprender de la moraleja del DVD que compré la semana pasada y crear nuevos espacios, reactivar los pequeños cines, sin necesidad de imponentes pantallas y sonidos de otras dimensiones. El cine, por mucho que digan algunos derrotistas, nunca desaparecerá ya que el hecho de acercarse a una sala, representa en si mismo un acto social y el espectador lo que quiere es que le cuenten buenas historias, no que le muestren fuegos artificiales, pero será insostenible si no se rebajan los precios de las entradas y los caches de los multimillonarios actores hollywoodienses.
A pesar de ello, el autismo impera en medio de la industria, y se giran de espaldas, para discutir entre ellos si el soporte del futuro para ver películas, será el HD-DVD o el Blue Ray, sin pararse a reconocer que ambos soportes han nacido muertos, por que todo ha cambiado y ellos, encadenados a sus tronos, no quieren cambiar nada.